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La eventual candidatura de Alofoke expone el riesgo de convertir la política en espectáculo

junio 24, 2026 · Redactor
La eventual candidatura de Alofoke reaviva el debate sobre el vacío de representación en República Dominicana
Foto: acento.com.do

La eventual candidatura de Santiago Matías reabre el debate sobre la crisis de representación, pero también sobre el riesgo de confundir popularidad con capacidad de gobernar y de convertir la Presidencia en un experimento de política-espectáculo.

La eventual candidatura de Santiago Matías, conocido como Alofoke, volvió a colocar sobre la mesa el debate sobre la crisis de representación en la República Dominicana. La discusión, sin embargo, no se limita al vacío que dejan los partidos: también obliga a preguntarse si una figura de alta exposición pública puede traducir popularidad en capacidad real de gestión política.

El caso ha servido para evidenciar la distancia entre la oferta partidaria y una ciudadanía, especialmente joven, que no se siente representada. Esa brecha no debe minimizarse. Pero tampoco conviene confundir audiencias masivas con preparación para gobernar, ni convertir el malestar con los partidos en un atajo hacia la política-espectáculo.

Cuando una posible candidatura surge desde el terreno de la influencia digital y el consumo viral, la exigencia pública debe ser mayor, no menor. La pregunta no es solo cuántos seguidores tiene una figura, sino qué propone, cómo gobernaría, con qué equipo, con qué controles y bajo qué nivel de rendición de cuentas.

En ese contexto, la discusión sobre Alofoke trasciende la curiosidad mediática. Si una eventual postulación prosperara, no podría evaluarse como una simple novedad de redes sociales. La Presidencia no es un experimento de popularidad, y la aprobación digital no sustituye la responsabilidad de administrar el Estado.

La conversación también pone en evidencia la fragilidad de los partidos tradicionales para reconectar con sectores que sienten que el sistema político dejó de escucharlos. Ese es el problema de fondo. Pero la respuesta no debería ser sustituir la política por el impacto, ni la experiencia institucional por la lógica del espectáculo.

Por eso, el debate que reaviva esta eventual candidatura debería orientarse menos al ruido y más a los estándares democráticos: ideas verificables, trayectoria pública, capacidad de gestión y compromiso con el interés general. En ausencia de eso, la popularidad puede generar expectativa, pero no ofrece garantías de gobierno.