La muerte de la menor Nanita Pimentel Paul en un Hogar de Paso del CONANI quedó marcada por un relato que, más allá del expediente contra tres imputadas, coloca bajo escrutinio la capacidad de resguardo dentro de un centro estatal para adolescentes. Una testigo, cuyo nombre se omite por razones de ley, declaró ante las autoridades que presenció los hechos mientras fingía dormir y que también temió por su vida.
Según el expediente de solicitud de medida cautelar, la adolescente había llegado al centro dos días antes del suceso, tras salir de una vivienda donde, según dijo, convivía con una madre afectada con equizofrenia, un padre que supuestamente le pegaba y una hermana que la controlaba. En su declaración afirmó que no le gustaba mucho el lugar “porque existen reglas hasta para ir al baño”, un detalle que contrasta con la gravedad de lo ocurrido dentro del hogar de paso.
La testigo narró que en la madrugada del domingo 24 de mayo se levantó para ir al baño y, al regresar, vio a una de las imputadas esconderse debajo de la cama. Luego, dijo, escuchó cuando las tres le dijeron a Nanita que le tenían una sorpresa, le vendaron los ojos, la sujetaron por las manos, la tiraron al piso y la asfixiaron. El caso no solo describe un homicidio entre internas, sino una alerta institucional sobre lo que estaba ocurriendo en un espacio que debía ofrecer protección y supervisión efectiva.
