Durante generaciones, Samaná ha sido presentada como un territorio excepcional: admirada, estudiada con detalle, visitada y codiciada desde los tiempos en que era casi una isla separada del resto del territorio por un canal hoy desaparecido. En los versos de Manuel Rodríguez Objío aparece como “nuestra viña”, un “bien supremo o grave mal”, una definición que resume tanto su atractivo como la disputa histórica en torno a su valor.
La península fue poblada por piratas ingleses y aventureros franceses “con pretensiones de dominio”; también la ambicionaban alemanes y norteamericanos, mientras fue habitada por españoles, haitianos y negros estadounidenses que llegaron para plantación de víveres. Esa mezcla marcó su identidad. Manuel de Jesús Troncoso la definió como “un pueblo exótico”, y distintos autores registraron la singularidad de su habla, de sus apellidos y de su composición social, rasgos que la convirtieron en uno de los espacios más estudiados del país.
Sin embargo, el repaso histórico también deja ver un contraste persistente: no solo atraían sus playas y espléndidas bahías, sino igualmente su fertilidad y riquezas naturales. Ya en 1865 tenía un ferrocarril que iba “al corazón del Cibao”, según refiere Gabino Alfredo Morales. La suma de esas condiciones confirma que Samaná ha sido vista durante décadas como un enclave estratégico, lo que hace inevitable la pregunta sobre cuánto de ese potencial se ha traducido en desarrollo sostenido y cuánto sigue reducido al relato de su excepcionalidad.
