Moscú, 18 may (EFE).- Vladímir Putin viajará mañana, martes, a China con la previsión de cerrar acuerdos de exportación de petróleo y gas que, en el marco de esta visita, aparecen como esenciales para reanimar una economía debilitada y, al mismo tiempo, mantener la maquinaria de guerra en Ucrania. El desplazamiento vuelve a situar bajo la lupa el coste político y económico de una estrategia cada vez más ligada a los ingresos energéticos y al respaldo comercial de Pekín.
La visita llega apenas unos días después del viaje del presidente estadounidense, Donald Trump, a China, en un momento en que Pekín es definido por el diario oficialista chino Global Times como el «epicentro diplomático mundial». Aunque el Kremlin trató de marcar distancia y sostuvo, por boca de Yuri Ushakov, que Rusia y China «no se alían contra nadie» y que «no hay ninguna relación entre la visita de Trump y la de Putin», el contraste con la realidad comercial resulta evidente: mientras la relación entre China y EE.UU. se presenta entre iguales, Rusia depende en gran medida del comercio con su vecino asiático, sobre todo después de romper lazos con la Unión Europea.
Putin, que visita prácticamente cada año el gigante asiático, llegará esta vez con una delegación de 39 personas y será recibido por Xi Jinping en la plaza de Tiananmén, coincidiendo con el 25 aniversario del Acuerdo de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación entre Moscú y Pekín. Ushakov adelantó que ambos líderes firmarán al término de su cumbre unos 40 acuerdos, un volumen que refuerza la necesidad de seguir de cerca el alcance real de unos compromisos presentados como estratégicos en un escenario de creciente dependencia rusa.
