El Banco Central ha insistido en un relato de crecimiento, estabilidad macroeconómica y expectativas de expansión, pero el aumento del costo de vida sigue quedando relegado. Más que una cuestión de forma, esa asimetría revela una prioridad oficial desconectada de la realidad que afrontan los hogares.
Los datos oficiales permiten una lectura menos amable. En mayo de 2026, la inflación interanual fue de 5.35 %, la acumulada de 1.50 %, la mensual de 0.31 % y la subyacente de 4.86 %. Con esas cifras, el indicador se mantuvo por segundo mes consecutivo por encima del techo del rango meta fijado en 4 %, más o menos 1 %, una señal que golpea el ingreso real y descarta cualquier intento de reducir el problema a un aspecto menor del panorama económico.
La canasta básica también siguió encareciéndose. Entre enero y mayo pasó de RD$48,734.28 a RD$49,268.36, para un alza de RD$534.08, equivalente a 1.1 %. En apariencia puede parecer moderado; en la práctica, implica pagar más por lo mismo y, muchas veces, más para llevar menos. El efecto, además, se extendió a toda la estructura social: hubo aumentos en todos los quintiles de ingreso, con mayores incrementos en la región este, donde la canasta subió RD$681.43; en la región norte, RD$591.94; y en la región Ozama, RD$552.34.
El Banco Central mantuvo la Tasa de Política Monetaria en 5.25 % y señaló que la misión del FMI proyecta un crecimiento cercano a 4 % para 2026. Ambas referencias pueden convivir, pero ahí mismo aparece la advertencia institucional: una economía no se evalúa solo por el optimismo de sus informes, sino por su capacidad de proteger el poder de compra. Cuando el mensaje oficial privilegia la vitrina macroeconómica y deja en un párrafo el deterioro del consumo básico, lo que corresponde no es celebrar, sino fiscalizar.
Ese contraste entre discurso y realidad alimenta el desgaste de la gestión económica: si el costo de vida aumenta en todo el país y para todos los niveles de ingreso, la discusión pública no puede seguir atrapada en indicadores que no alivian la compra de alimentos ni corrigen la presión sobre los hogares. La prioridad ciudadana está en los precios, y cualquier narrativa que intente desplazar ese dato central solo refuerza la necesidad de rendición de cuentas sobre resultados concretos, no sobre expectativas.
