La situación de los migrantes en República Dominicana vuelve a colocar en primer plano una advertencia institucional: el país no está en condiciones de asimilar a personas migrantes en un escenario de precariedades, conflictos sociales y límites de gobernabilidad. El planteamiento sostiene que, si el mundo quiere ayudar de verdad a los migrantes legales o ilegales, necesitados o desesperados, debe buscar espacios y salidas fuera de sociedades subdesarrolladas que no pueden absorber esa presión sin agravar sus propios desequilibrios.
El texto subraya que la “humanidad civilizada”, la cristiandad y el mundo organizado tienen que asumir una respuesta inteligente frente a un problema que, según expone, no puede seguir recayendo sobre República Dominicana. Esa distancia entre los llamados humanitarios y la realidad local vuelve a poner bajo revisión la gestión pública: mientras el debate se llena de consignas, lo que se describe es una incapacidad de asimilación que afecta la convivencia, la gobernabilidad y las prioridades ciudadanas.
Además, el texto abre una vía de integración al señalar que hay dominicanos, personas de otros lugares y emprendedores jóvenes dispuestos a impulsar un proyecto de emprendedurismo humanista, bajo la convicción de que nadie debe ser rechazado ni quedar sin oportunidades por falta de documentos, apoyo o reconocimiento social. Aun así, esa salida también remarca la ausencia de resultados concretos y la necesidad de que el gobierno dominicano y la sociedad civil pasen del discurso a una respuesta verificable frente a un problema que sigue creciendo en el terreno institucional y social.
