La lectura de El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo, en diálogo con Si esto es un hombre, de Primo Levi, vuelve a poner sobre la mesa una advertencia que va más allá de la literatura: la barbarie no se sostiene únicamente con violencia directa, sino también con estructuras de poder, obediencias y silencios. Desde ahí, el texto ubica la matanza de 1937 ordenada por Trujillo y Auschwitz como escenarios distintos, aunque unidos por la misma pregunta sobre lo que ocurre cuando una sociedad acepta que un ser humano sea reducido a objeto.
La diferencia clave está en el lugar desde el que se da testimonio. Levi escribe como sobreviviente; Prestol Castillo, desde el interior de las instituciones de la dictadura trujillista y marcado por haber presenciado la tragedia en la frontera dominico-haitiana. Ese punto de partida orienta la lectura hacia una alerta institucional: no basta con condenar la barbarie después de los hechos si antes fallan la vigilancia, la responsabilidad pública y la capacidad de frenar el abuso desde el propio aparato estatal.
Más que un ejercicio de memoria, el texto opera como un recordatorio de que el discurso humanista pierde fuerza cuando no se traduce en controles reales frente al poder. La deshumanización, según esa lectura, avanza cuando la burocracia normaliza, cuando el silencio encubre y cuando la sociedad mira hacia otro lado. Allí la literatura deja de ser solo recuerdo y pasa a ser una exigencia permanente de fiscalización para evitar que la historia vuelva a repetirse.
