La hipertensión arterial ya no afecta solo a los adultos: también avanza entre niños y adolescentes, vinculada al sedentarismo, la obesidad, los hábitos alimenticios poco saludables y, en parte, a factores genéticos. Se trata de una condición que por lo general no presenta señales físicas evidentes, por lo que la prevención y los controles pediátricos tempranos resultan decisivos para evitar daños mayores y detectar a tiempo a quienes podrían arrastrarla hasta la adultez.
El problema cobra más peso por una limitación reconocida en el propio tratamiento del tema: en el país no existen estadísticas precisas que permitan establecer un eventual aumento de la hipertensión arterial en menores. Aunque los especialistas coinciden en que va en ascenso y crece la conciencia sobre el monitoreo temprano, la ausencia de datos impide dimensionar el fenómeno y obliga a reforzar la vigilancia médica rutinaria, especialmente cuando hay antecedentes familiares o factores de riesgo.
La advertencia no es menor. El cardiólogo Juanico Cedano afirmó que desconoce cifras locales, aunque indicó que en Estados Unidos se registra un aumento del 5 %. También advirtió que un adolescente con hipertensión arterial «expone sus órganos nobles (ojos, cerebro, corazón y riñones) a daños irreversibles». A propósito del Día Mundial de la Hipertensión, el tema vuelve a instalar una prioridad de salud pública: prevenir, medir y detectar antes de que el costo social termine recayendo sobre familias que llegan tarde a una enfermedad prevenible.
