La crisis democrática ya no se juega solo en la gestión pública: también compromete la base simbólica de las instituciones. El texto señala que el desgaste de los partidos tradicionales y la pérdida de legitimidad de sus liderazgos han deteriorado la credibilidad pública, un espacio que hoy capitalizan actores nacidos de la hiperconectividad y del control de la atención digital.
En el ecosistema mediático articulado alrededor de Santiago Matías “Alofoke” se concentra, según la pieza, un caso dominicano de fuerte impacto político. Ahí se le toma como ejemplo de cómo el infoentretenimiento, la espectacularización de la realidad y la industria del morbo pueden traducirse en influencia pública sin pasar por la deliberación ideológica, la militancia orgánica o la representación de bases sociales. La señal de alerta es institucional: la viralidad puede ganar espacio, pero no reemplaza capacidades técnicas, solvencia ética ni rendición de cuentas en la conducción del Estado.
La advertencia alcanza también al gobierno dominicano y a la sociedad civil. Si la conversación pública se desplaza hacia figuras moldeadas por la lógica neuro-algorítmica, la distancia entre discurso y realidad se vuelve más aguda: mientras aumenta el ruido digital, sigue vigente la exigencia de resultados verificables y de vigilancia sobre quienes administran el poder. La democracia, plantea el análisis, afronta así un doble desgaste: el de una gestión que no recompone confianza y el de un ecosistema que convierte la atención en atajo de legitimidad.
