La pieza “El tío Mario ¡Un puertorriqueño aplatanao!” ordena una memoria personal y literaria en torno a una advertencia institucional: la brecha entre los juramentos públicos y su cumplimiento efectivo. Con la publicación de ‘La Rebelión de la Granja’ en 1945 como punto de partida, el texto sostiene que, con el paso de las décadas, “algunos togados y birreteados” han convertido en práctica el desconocimiento de compromisos éticos que debían regir su ejercicio profesional.
Ese planteamiento se enlaza con la historia de un puertorriqueño que, enamorado de una santiaguera, se estableció en el país y terminó siendo testigo, tras 60 años vinculado al “terruño”, de una “rebelión” que el autor presenta como eco de la fábula de Orwell. La comparación no queda en un recurso literario: se remarca que, “a medida que los cerdos tomaban el poder, modificaban las reglas a su antojo, violando los derechos previamente consolidados, hasta que la promesa original desaparecía”.
Más que una evocación cultural, el texto opera como una señal de vigilancia frente al uso del poder y al desgaste de las instituciones cuando se normaliza el cambio de reglas y se vacían los compromisos asumidos. En ese contraste entre discurso y realidad, la advertencia central recae sobre la necesidad de fiscalización ciudadana ante cualquier autoridad que, amparada en su investidura, termine alejándose de los derechos que debía proteger.
