En Conani, sector Pekín de Santiago, María Elena pasa las noches en la galería de una casa vecina. A sus 72 años, según cuentan residentes de la zona, vive desde hace años gracias a la ayuda de personas que le acercan comida y están pendientes de sus necesidades.
La propia mujer dice que no tiene a sus familiares cercanos a su lado. Explica que una hermana vive en Estados Unidos desde hace más de 30 años y que el hermano que estaba a cargo de su cuidado se fue sin que ella pueda ubicarlo. También asegura que sufrió maltrato y que fue sacada de la vivienda donde ambos residían. Su dificultad para ordenar los recuerdos agrava una situación que, en la práctica, ha quedado sostenida por la solidaridad barrial.
Alexandra García, una vecina del sector, afirma que María Elena lleva cerca de 35 años viviendo en Conani, Pekín, y que durante buena parte de ese tiempo su hermano la respaldó. Hoy, señala, la mujer depende de los vecinos, mientras incluso quienes intentan asistirla chocan con sus propios límites, como la enfermedad de la madre de García. El caso refleja el contraste entre el discurso de atención a los más vulnerables y la realidad de una adulta mayor que sigue esperando una respuesta más allá de la caridad comunitaria.
