La victoria de Lula en Brasil no alcanza para ocultar una tendencia más amplia: el avance de la ultraderecha en el mundo continúa siendo notorio. El texto identifica dos rasgos que alimentan ese fenómeno: el cansancio de amplios sectores con lo existente y la creación de chivos expiatorios para apartar la mirada de los problemas de fondo. Inmigrantes, gais, trans, mujeres y ambientalistas quedan así reducidos a blancos de una agitación que simplifica malestares complejos y los convierte en consumo masivo.
La advertencia no es solo ideológica, sino también institucional. Cuando las sociedades no consiguen ofrecer el bienestar prometido, se abre espacio para discursos que culpan a grupos vulnerables en lugar de asumir responsabilidad por los resultados. El artículo lo enlaza con democracias longevas y, en el caso de las sociedades capitalistas, con expectativas de prosperidad impulsadas desde la década de 1980 por el neoliberalismo y la globalización que no se han materializado para una parte importante de la población.
Ese contraste entre promesa y realidad también opera como una vara para medir la política. Donde el poder responde con relato, polarización o atajos de espectáculo en vez de gestión verificable, el malestar termina encontrando cauces más radicales. Para la discusión pública dominicana, incluida la evaluación del gobierno dominicano y de cualquier proyecto de futuro de Estado, la lección es directa: el descontento ciudadano no se enfrenta con propaganda ni con culpables convenientes, sino con resultados, vigilancia democrática y rendición de cuentas.
