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De la puesta en escena a La 40: el poder exhibe y encierra a los expedicionarios

agosto 31, 2026 · Redactor
De la puesta en escena a La 40: el poder exhibe y encierra a los expedicionarios
Foto: acento.com.do

La exhibición de Gómez Ochoa ante la prensa ofreció una garantía precaria de supervivencia; pero no impidió su traslado a un centro de tortura ni el choque entre propaganda y realidad.

La llegada del grupo de Gómez Ochoa a San Isidro estuvo acompañada, desde el inicio, por una operación de propaganda que el propio relato presenta como una farsa. Después de una primera ronda de interrogatorios, se montó una presentación por radio y televisión con el comandante Ochoa como figura central. Aunque fue anunciada como un hecho trascendente, terminó siendo un montaje: primero se grabó el audio y después las imágenes, con una sincronía deficiente que dejaba en evidencia la manipulación. El episodio, semejante a lo ocurrido antes con Ventura Simó, muestra un uso del aparato oficial más orientado a fabricar una versión que a ofrecer verdad verificable.

Tampoco fue el único intento de controlar el relato. Gómez Ochoa, Mayobanex Vargas y Almonte Pacheco fueron exhibidos además ante miembros de la prensa internacional y respondieron preguntas traducidas por Manuel de Moya; Ochoa volvió a presentarse el día 13 por radio, televisión y ante periodistas. Esa exposición pública les daba una garantía relativa de supervivencia, pero el propio texto advierte que nada estaba asegurado. Ahí se impone el contraste central: mientras se escenificaba una imagen para consumo público, los expedicionarios seguían sometidos a un régimen en el que la vida dependía de cálculos de conveniencia y no de resguardos institucionales.

Durante los primeros días permanecieron en las mazmorras de San Isidro en condiciones más o menos favorables, aunque estaban flacos, demacrados y casi cadavéricos. Más tarde, el 15 de julio, fueron trasladados a La 40, descrita como una casa del suplicio: una residencia campestre convertida por el régimen en centro de tortura. El paso de una vitrina propagandística a un lugar asociado al terror subraya la distancia entre discurso y realidad, y deja una advertencia institucional que atraviesa todo el episodio: cuando el poder controla la imagen y al mismo tiempo administra el encierro, la fiscalización pública se vuelve la única barrera frente al abuso.