Los recientes episodios de violencia contra mujeres han sacudido de nuevo al país y han dejado al descubierto un problema que, más allá de la controversia conceptual, sigue sometiendo a presión a la sociedad. El texto señala que la convivencia está atravesada por un nivel de agresividad que erosiona la vida diaria y ubica el origen del deterioro en la ruptura del hogar como espacio de respeto, diálogo y afecto, una base sin la cual cualquier política pública resulta insuficiente.
La pieza también cuestiona el uso indiscriminado del término feminicidio para aludir a todo homicidio de una mujer y sostiene que esa confusión no es menor, porque las palabras condicionan la comprensión del fenómeno y las respuestas que se construyen frente a él. Desde esa distinción, plantea que los casos recientes no corresponden a feminicidios, entendidos como asesinatos por razón de género, sino a uxoricidios asociados a conflictos de pareja.
Con todo, la discusión deja una advertencia de fondo: mientras persisten hechos de violencia que estremecen al país, continúa pendiente una respuesta capaz de enfrentar con mayor eficacia sus causas sociales y familiares. La exigencia de precisión en el lenguaje se transforma así en un reclamo de vigilancia sobre la calidad de las respuestas públicas ante una crisis que sigue golpeando la vida cotidiana.
