La guerra con Irán, que Benjamín Netanyahu presentó como la culminación de una estrategia sostenida durante 30 años, acabó dejando a Israel ante un escenario todavía más incierto. Pese a que el primer ministro israelí promovió un ataque a gran escala contra la República Islámica y lo coordinó con Estados Unidos, el balance hasta ahora se aleja de la promesa de neutralizar la amenaza iraní: el régimen sigue en pie, conserva capacidad para lanzar misiles contra Israel y Hezbolá continúa atacando el norte del país y combatiendo a tropas israelíes en Líbano.
La distancia entre la retórica de fuerza y los resultados sobre el terreno se hace más evidente por la presión sobre la relación con Washington. Donald Trump, a quien Netanyahu habría persuadido de que la guerra podía derivar en un cambio de régimen en Irán, ahora intenta frenar una escalada mayor. La tensión quedó a la vista cuando el presidente estadounidense afirmó al Financial Times: «Yo tomo todas las decisiones. Netanyahu no toma las decisiones».
Así, Netanyahu queda entre dos costes políticos y estratégicos: detener los ataques y asumir una imagen de debilidad frente a Irán y ante la opinión pública israelí, o desafiar a Trump y poner en riesgo la alianza con EE. UU. El episodio vuelve a someter a examen una línea de seguridad apoyada casi por completo en la vía militar, mientras la propia realidad confirma que Israel sigue dependiendo en gran medida del armamento y de las defensas aéreas estadounidenses.
