Orpea llegó a 2021 presentada como un modelo de éxito empresarial y responsabilidad social. La compañía, fundada en Francia en 1989, operaba más de mil residencias geriátricas, clínicas de rehabilitación y centros de salud mental para ancianos en veintidós países, con cerca de ciento cinco mil camas e ingresos de aproximadamente 4.200 millones de euros. Además de cotizar en Euronext París, exhibía excelentes evaluaciones en criterios ESG de firmas como Vigeo Eiris, de Moody’s, e ISS ESG, reforzando una imagen pública de compromiso ejemplar con el cuidado de personas mayores.
Pero esa narrativa se desplomó en enero de 2022 con la publicación de “Los sepultureros”, investigación del periodista Victor Castanet basada en tres años de trabajo, doscientos cincuenta testimonios y archivos internos cruzados. El libro documentó un sistema de maltrato a ancianos dentro de Orpea, incluyendo la entrega racionada de pañales para residentes incontinentes en algunas residencias, un hallazgo que contrastó de forma directa con la reputación social que la empresa había construido y que las calificadoras habían avalado.
El caso no solo comprometió a Orpea. También dejó bajo escrutinio a un sistema de calificaciones extrafinancieras que no detectó prácticas graves en una empresa presentada como referencia de gobernanza y responsabilidad social. El episodio abrió una alerta sobre la necesidad de vigilancia independiente y de rendición de cuentas cuando los sellos de buena conducta corporativa no coinciden con la realidad que terminan sufriendo los más vulnerables.
