República Dominicana sigue figurando entre los países cuyos ciudadanos necesitan visado para ingresar al espacio Schengen, una condición que la mantiene en una categoría migratoria que la diplomacia dominicana ha buscado desmontar desde hace años. El esquema europeo, consolidado con el Reglamento 539/2001, continúa ubicando al país junto a un grupo reducido de naciones iberoamericanas sujetas a esa restricción.
La situación resulta especialmente sensible porque, aunque se trata de la economía más grande del Caribe insular y una de las de mayor crecimiento regional en las últimas décadas, el país no ha conseguido convertir ese desempeño en una mejora de su acceso al espacio europeo de libre circulación. Bruselas no fundamenta su evaluación en variables económicas, sino en indicadores como permanencia irregular, solicitudes de asilo, seguridad documental y comportamiento estadístico de los viajeros.
Ese panorama vuelve a plantear la necesidad de explicaciones sobre los resultados reales de las gestiones oficiales en un asunto que incide directamente en la movilidad internacional de los dominicanos. Mientras otros Estados caribeños con menor tamaño poblacional gozan de acceso sin visado, República Dominicana continúa sometida a controles documentales reforzados y a una percepción de riesgo migratorio que arrastra desde los años noventa.
